Un día en la vida de un vigilante de supermercado.
5 de setiembre de 2026 · Miguel Hernández

El sol apenas asoma por las ventanas del centro comercial cuando comienzo mi turno. A las siete de la mañana ya estoy en el supermercado, revisando las cámaras y caminando por los pasillos vacíos. Mi nombre es Miguel y llevo cinco años trabajando como vigilante aquí. No es un trabajo glamoroso, pero cada día trae algo diferente.
Los primeros chequeos
Lo primero que hago es un recorrido por toda la tienda. Reviso las estanterías de productos caros como el alcohol y los electrónicos. A veces encuentro cosas fuera de lugar, como paquetes abiertos o etiquetas cambiadas. Es sorprendente cómo la gente intenta engañar al sistema.
Después me siento frente a las pantallas de vigilancia. Observo a los clientes que entran, especialmente a los que parecen nerviosos o miran demasiado a su alrededor. No juzgo por apariencias, pero sí presto atención a patrones.
El flujo de la mañana
A medida que avanza la mañana, la tienda se llena. Familias haciendo la compra semanal, personas solas comprando rápido. Me muevo discretamente entre ellos, fingiendo revisar precios o ajustar displays. En realidad, estoy vigilando.
Un día típico incluye varios incidentes menores. Alguien que mete un paquete de galletas en el bolsillo, o que cambia una etiqueta de precio. La mayoría de las veces solo los observo y espero. Si actúan, intervengo con calma.
El incidente del mediodía
Hoy fue diferente. Un hombre en la sección de carnes intentó llevarse varios filetes en una bolsa grande. Lo seguí con la mirada desde la cámara y luego me acerqué. Cuando le pedí que abriera la bolsa, negó todo al principio. Pero al final admitió y devolvimos los productos. No siempre termina en denuncia, a veces solo una advertencia basta.
Después del incidente, tomo un breve descanso. Como algo rápido en la cafetería de la tienda y pienso en cómo estos momentos me enseñan a leer mejor a las personas.
La tarde y el cierre
Por la tarde el ritmo cambia. Más gente cansada después del trabajo, comprando lo necesario para la cena. Sigo patrullando, pero también ayudo a clientes perdidos que me preguntan dónde está algo. A veces me confunden con un empleado normal, y no me molesta.
Antes de cerrar, hago un último recorrido. Aseguro que todo esté en orden y reviso las salidas de emergencia. A las diez de la noche termino mi turno, cansado pero satisfecho de haber mantenido todo bajo control.
La clave es la paciencia y la observación constante. Nunca sabes qué pasará en el siguiente pasillo.
Este trabajo me ha dado una perspectiva única sobre la gente y sus motivaciones. Aunque a veces es estresante, también es gratificante saber que contribuyo a que el supermercado sea un lugar seguro para todos.

